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La cabina de Soto de la Barca

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     Ella me protegió de todo mal, de tal forma que me fue casi imposible adaptarme a la cruda e incomoda realidad sin su presencia y amparo. Ella era el tesón y el trabajo personificados. Poco había en la casa; no obstante, ella se encargó de que nada me faltara. Asistía para que yo realizara una actividad homónima en un colegio de paga cuando estas instituciones eran poco menos que prohibitivas para aquellos que tuvieron la mala suerte de residir a izquierdas de otros. Recorría de madrugada varios kilómetros de sueño diarios para que yo me despertara con un desayuno de profusos y suculentos churros del que otros niños vecinos no podían disfrutar.

     Una vez casado, la llamaba por teléfono todos los días que no nos veíamos. Cuando salía fuera de Madrid, buscaba alguno público para poder comunicarme con ella. Después llegaron los móviles; sin embargo, por razones que no vienen al caso, yo los detestaba y me mantenía fiel al fijo. Las veces que me desplazaba a Asturias me detenía en la cabina de Soto de la Barca. Allí, al ahogo de la central térmica que absorbe y emponzoña el paisaje, me deleitaba con su conversación. Ni siquiera me distraía la inquietante presencia de los gigantescos mosquitos que moraban en el reducido habitáculo del etéreo placer de percibir su reconfortante voz.

     Desde el momento en que me dejó, la cabina desapareció como por ensalmo. Siempre que paso por ese lugar, escudriño entre los nimbos del humo de la central por si emergiera de nuevo para poder llamar por si acaso ella me contestara, o al menos poder decirle “te quiero mamá”.